El frío nunca fue causante de problemas.
Me hacía sentir y a veces menos que a los demás.
Aprendí que cuando hace frío debo traer chamarra.
Era una convicción extraña para ser aceptada.
Nunca imaginé que una persona pudiera
dar o quitar calor.
Equilibrarte.
Cuando las moras caían de los árboles,
explotaban y dejaban huella. Esa huella cubría el calor.
Tú lo cedías a ellas y ellas a mí.
Escribí tu nombre con esas moras.
Y nunca se me olvidó.
Ahora esperaba a que la primavera llegara de nuevo.
Para así, escribir tu nombre y sentir tu calidez.
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