Cuando era pequeña
no comía pan de muerto
porque creía que era de los muertos
y que se iban a enojar si se los robaba.
Luego crecí y me di cuenta que sabía delicioso,
entonces comencé a comer muchos panes cada año,
con la promesa de que si eran de ellos,
me los apuntaran en una lista,
para que cuando me muriera
pudiera prepararles
todos los panes de muerto que me comí en vida.
